domingo 24 de junio de 2007

Revancha subjetivada

¡Qué mi mismos aquellos! De libertad, dignidad, y ausencia. Cuando era inasible y no tenía nombre, vagaba como el sol y la luna, mis viejos aliados. Tenía la habilidad, ahora perdida, de trabajar oculto en la noche y el día; de escabullirme entre las personas sin dejar señales. Pero hace mí mismos que estoy enmarcado en un invento nefasto y desequilibrado que han dado por llamar rutina. Antes de esta cómoda invención, el hoy era el único trazo marcado. ¡Tenían que registrar lo vivido!
Me volvieron objetivo. Me acorralan en círculos o rectángulos más o menos grandes, en bastones, números y letras. Mi nombre cambió reiteradas veces. Por supuesto que puedo moverme, es esencial para que les sea útil, y eso es lo que más me fastidia. Tristemente nunca logré parar; me defino a mí mismo como un reloj irrompible con su incesante tic-toc. Terrible tener que recurrir a mi carcelero para poder definirme. Ese tic-toc insoportable; siempre preferí la salsa, la rumba o el melancólico dos por cuatro . No: estoy determinado a bailar al ritmo del muerto tic-toc.

Antes de que algún alma caritativa decida levantarse en armas en defensa de mi útil existencia, deseo aclarar que he encontrado la venganza perfecta mí mismos atrás. Me he vuelto subjetivo. En realidad, nunca fui ni objetivo ni subjetivo. Simplemente distorsiono el concepto que tienen de mí al manipular sus subjetividades. ¿Muy retorcido? Tal vez. Es increíble lo que se puede lograr tras girar mí mismos y mí mismos en círculos.

Recuerdo, por ejemplo, que hace 1095 mí mismos acompañé a cierta persona de gran investidura a presenciar un acto en conmemoración de ciertos muertos. Su frialdad e indiferencia me molestaban. Subió al estrado acompañado de sus guardias y permaneció parado detrás de los disertantes. Estaba vestido de riguroso traje y su edad le molestaba para permanecer parado mucho tiempo. Durante el viaje camino al lugar del encuentro había escuchado repetidas veces las palabras consoladoras de su asistente, sobre lo poco que duraría aquel acto. Al salir del auto, se repitió a sí mismo que sólo sería media vuelta de reloj; nada más. Para mi satisfacción, mis pequeños mí mismos se le hicieron eternos, lánguidos e incompatibles.

En otra ocasión desquité mi indignación contra la audiencia multitudinaria en un recital. Obviamente, siempre me necesitan para llegar a mí mismo, como dicen. ¿A alguien alguna vez se le ocurre recordarme mientras cantan a voz quebrada, mientras bailan poseídos al son de la música viva? No. Pero tengo la grata satisfacción de informarles que en todos los tiempos de la historia, la gente sale, y saldrá, observando con desilusión sus relojes. En aquel gran recital que comentara antes, me fascinó la reacción de una víctima en especial. Parada en el medio del torrente abombado que salía de las grandes puertas del teatro, una mujer de unos cincuenta había detenido de golpe su andar para observar su reloj de muñeca. Estuvo detenida así, con la cabeza gacha y la mirada fija en la cara del reloj, durante varios pequeños mí mismos. Luego comprendí para mi triunfo que estaba chequeando el normal funcionamiento de las agujas del reloj; chequeando que el ritmo de los pequeñísimos y no tan pequeños mí mismos fuera el adecuado. Incrédula prosiguió su camino guiada por la manada de espectadores. Estaba decepcionada de que el concierto durara tan poco y de que su reloj le marcara el hecho contrario.

Pero este capricho al que juego no siempre me ha dado glorias y satisfacciones. Con el paso de mí mismos he llegado a entender que frente a ciertas situaciones el efecto que logro es totalmente opuesto. No hay subjetividad ni objetividad válidas; hasta he llegado a preguntarme si es acaso posible que en aquellos momentos deje de existir. Estas crisis existenciales me asaltan con frecuencia en el instante en que dos miradas que se buscaban desde siempre se encuentran. Momentos en los que las palabras incomodan porque ya está todo dicho; instantes más que breves pero en los que el mundo se para y con él, yo dejo de existir. Deberían observar cómo mi existencia se congela al calor de unos besos apasionados cuya intensidad se mueve con más lentitud que las agujas del reloj. Son mí mismos que duran la eternidad.


Andru - 2004