viernes 3 de agosto de 2007

Llovía en otra parte



"La perfección ha de llegar cuando jugamos nuestros juegos".


(Ingmar Bergman )




Lo corrí con la sana convicción de que no lo alcanzaría. Esas cinco de la tarde del después del trabajo me pertenecían. Ni al reloj para fichar ni a la estampida hacia ningún sentido. Mucho menos a ése que en el andén nos apura-silbaba.
Pero la bocina del tren sonó con ese tamaño de dinosaurio en jaula de canario y me despisté. Se me cayeron las convicciones relojeras y terminé andén adentro.


Nos apuramos todos los empujados, gloriosos, en busca de un vagón. El más cercano o más vacío, según la capacidad torácica. Las distancias se profundizaban con cada vapor rumiado por la máquina gigante (eléctricos son los de estirpe). Como si, similar a las fichas del dominó, ese pedazo de mundo atrás nuestro fuera cayendo. O quizás el adelante se visitera de promesas diversas.
Llegué. Absurda; palpaba la victoria en el metal de la puerta. No quería tomar el tren; me di cuenta. Esas ganas ausentes del olor a hamburguesa y freno de los rieles; la transpiración muy ajena; la punzada de uñas negras en pies descalzos o los ojos sin hadas. Entonces, estaba la opción del cielo gris y la lluvia leve.
Lento, extremadamente, el tren arrancó y me subí. Asientos libres no había. Tampoco se puede seducir tanto a la suerte buena. Entonces, empezó la rutina de cargar el código incorporado de tanto viajar. Si quedarme parada cerca de la puerta antes de que el tren se llene. Chequear que la cartera esté al alcance de ninguna mano hábil. Qué hacer con el paraguas. Pero esencialmente, dónde posar la vista para lograr el punto de fuga a colores, olores, seres. Buscar ese rincón que evite problemas potenciales. Que al detener la vista en la bufanda de arco iris no parezca el deseo irritante por el asiento. Tampoco dejar colgada la mirada en ojos que no importan y volver en mí por un guiño incitado. Al blanco de alguna esquina fueron a parar mis ya-no-me-acuerdo pensamientos.
La puerta se abrió mientras el tren estaba en movimiento y el frío me punzó la espalda. Volví del blanco. La mirada me quedó hechizada en la ventana al cerrarse. El vidrio empañado de frío empezó a perder su no claridad. Entreví un verde de humedad eterna en laderas altas que ocultan voces. En el rectángulo que las cabezas me dejaban ver estaban los fantasmas de Alemanía. O sería esa fortaleza de tierra y arbustos carnosos que abre los caminos Calchaquíes. La lluvia caía finita, irisada, y barnizaba de oscuro el follaje del Valle. El andar ruidoso de la máquina se me perdió en un silencio que conoce de aves y vientos; que esconde resistencias sangradas y geológicas. Achiné los ojos para agudizar una imagen que se resistía a la corrección. El vidrio seguía empañado de un paisaje que sabía, el tren no estaba penetrando. La insistencia del cuadro me erizó hasta quebrar el presente y recordar la Garganta del Diablo en Salta. Esa huella de un antiguo paso líquido que duele de tanto desnudarse piedra. Esa sensación de buscar un límite a la profundidad y perder la razón sin encontrarlo. Para finalmente, callarme el silencio y dejar que ese baile prehistórico de placas, ríos ausentes y voces ocultas sigan su inmortalidad.
Estación Munro No recuerdo cuándo la ventana del micro en Salta volvió al tren. Tampoco si una lágrima me surcó la cara o ya estaba bajo la lluvia. Sólo tengo este sabor a flor de cardón en los labios. Puestas las zapatillas de verano salteño mientras estas palabras se escriben.
Andre - Agosto 2007

3 comentarios:

María Constanza Salgado dijo...

Es excelente!!!
Una belleza escrita!!!
cuanta poesía...
Coni

Andru dijo...

Gracias Coni!!
Lo que me preocupa es que fue pura casi verdad.
¿Dialéctica? ¿Retórica?...

Euge dijo...

No entiendo mucho de literatura, o sí, como lectora intermitente.. pero debo decir que llegué al final y me di cuenta de que acababa de leer una hermosa aglomeración de palabras.. muy bueno, andre

hasta desprecié a Munro y no lo conozco