sábado 29 de septiembre de 2007

Noche y la semana que se adelantó en cansancio. Ruidos, smog y relojes caen en botones y cierres; el camino en migajas de ropa hasta el vapor ensordecedor de la ducha. Pero la lluvia se violenta y me quema: cortaron el agua. La piel tal vez quedó en arruga. Quizá, que no sabré porque también se cortó la luz.
Las velas aromáticas huelen poco y ayudan menos sin sábanas revueltas. Sigo buscando con el hilo azul del celular. Sólo encuentro una vela en 2. Si le falta el compañero dígito o es un infante dos, no lo sabré.
Entonces, me falta el seis y tengo mi torta con feliz cumpleaños. Costumbre que archivé en la madura supervivencia.
Soplar velas. Caigo en la rueca de preguntas que decantan respuestas que supuran incertidumbres. Si entierro la cera fría en el chocolate con dulce de leche (me mancho los dedos con cobertura, el tacto) y hago la luz a velas, ¿despido al veintiséis jugado o abro camino al veintisiete?
La electricidad no vuelve. Las sombras que se ciernen sobre la llama tímida me recuerdan a la torta con velas, la luz apagada y el silencio para "no te olvides de pedir tres deseos".
Contra-luz y el silencio. Y sumergirme en esos ojos: amigas que ayudan a encontrarme, cada vez más. Y releer mentalmente a personitas que parecían escondidas en un Borges edilicio. Y los rasgos que me recuerdan de qué raíz es mi gen-árbol. Y reconocer la orfandad de mi piel, escurrirle las cuevas en las que hubo.
El fuego se extingue con un suspiro, una lágrima y mi mueca sonreída. A brindar que ya guardé ese rincón de luz tenue y silencio regalado.
Andru - 29-sept