Una mañana de sol verano, de este raro noviembre de todavía abrigos; de sábanas que aún gustan envolver.
Un temprano que es posterior a las panaderías. Pero antes de las rejas otras, las con ropa, zapatos o herramientas. La lente de la cámara que invento cercada por la ventana en colectivo, a lejos porque se ocupan los asientos.
Y moverse en esas ruedas de olor al sueño que se despide sin ganas; de no querer los ojos bien abiertos. Y tan pronto como siempre, el redondo rojo que detiene la marcha. Aleja el arribo a computadoras en corbata y deberes seres; un gracias.
Calle donde el colectivo aguarda al verde. Vereda de poca gente y menos durmientes callejeros. Quizá porque los locales en este cemento detenido son puro frente: refugio imposible en la noche impía.
Excepto este hueco a dos vidrieras de un colosal con música en venta; camas de dos plazas sin resortes. Para tres que se desdibujan bajo papel marrón y retazos de tela. Y un silencio que golpea la ventana del colectivo.
Semáforo en rojo que no quiere desteñirse amarillo. Los ojos que aún entre duermevelas reconocen. Ahí, seis pies bajo cama de improvisadas plumas con cartón. En la entre-vidriera de allá lejos.
Y el colosal con música en venta resguardado de sueños descalzos. Porque la puerta de vidrio se regala cabecera de estos dormidos. Atrás, adentro, abiertas las fauces con colmillos a forma de imagen; tamaño real. Imagen de un hombre mirando al frente; en altura los brazos, garras simuladas en las manos. La cara plasmada con cejas fruncidas, un grito rencoroso congelado en los labios. Afuera, abajo, tres ronquidos silenciados por ser nada.
Inofensiva y supuesta ferocidad. Cobra dimensión oculta cuando del lado externo, el vidrio refugia las sombras del día.
O pura coincidencia.
Un temprano que es posterior a las panaderías. Pero antes de las rejas otras, las con ropa, zapatos o herramientas. La lente de la cámara que invento cercada por la ventana en colectivo, a lejos porque se ocupan los asientos.
Y moverse en esas ruedas de olor al sueño que se despide sin ganas; de no querer los ojos bien abiertos. Y tan pronto como siempre, el redondo rojo que detiene la marcha. Aleja el arribo a computadoras en corbata y deberes seres; un gracias.
Calle donde el colectivo aguarda al verde. Vereda de poca gente y menos durmientes callejeros. Quizá porque los locales en este cemento detenido son puro frente: refugio imposible en la noche impía.
Excepto este hueco a dos vidrieras de un colosal con música en venta; camas de dos plazas sin resortes. Para tres que se desdibujan bajo papel marrón y retazos de tela. Y un silencio que golpea la ventana del colectivo.
Semáforo en rojo que no quiere desteñirse amarillo. Los ojos que aún entre duermevelas reconocen. Ahí, seis pies bajo cama de improvisadas plumas con cartón. En la entre-vidriera de allá lejos.
Y el colosal con música en venta resguardado de sueños descalzos. Porque la puerta de vidrio se regala cabecera de estos dormidos. Atrás, adentro, abiertas las fauces con colmillos a forma de imagen; tamaño real. Imagen de un hombre mirando al frente; en altura los brazos, garras simuladas en las manos. La cara plasmada con cejas fruncidas, un grito rencoroso congelado en los labios. Afuera, abajo, tres ronquidos silenciados por ser nada.
Inofensiva y supuesta ferocidad. Cobra dimensión oculta cuando del lado externo, el vidrio refugia las sombras del día.
O pura coincidencia.
2 comentarios:
Pocos verbos y mucha acción. Un texto excelente.
Andru, buenísimo!!!
me encanta como escribís!!!
Besos
Coni
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