una bolsa de basura cambia.
Es una nariz fruncida por el olor. Dos dedos en pinza y el brazo estirado adelante mientras nos acercamos al canasto y dejamos la bolsa olvidada en la calle y en la noche.
Dependiendo del ánimo, el residuo es el olvido (o el intento de borrar huellas) con forma de cartas y fotos. Tal vez, sólo retazos de esencias y colores de una cena para muchos o uno.
Pero según cómo se mire, la misma bolsa tiene cerca una nariz adormecida por hastío a repetición. Dos manos hurgando en lo que se quiso reducir a la inutilidad o lejanía.
Dependiendo de lo imperioso que resulte huir de ese olor que cala, la basura empaquetada puede transformarse momentáneamente en una pelota de fútbol.
Y según cómo se quiera recortar la realidad (esa que se construye a pesar de nosotros), el partido en cancha de avenida y faroles de calle tendrá su hinchada en contra. O la simple ignorancia de quien no quiera mirar.
Porque el bochinche de cacerolas es para quienes tienen con qué llenarlas.
Es una nariz fruncida por el olor. Dos dedos en pinza y el brazo estirado adelante mientras nos acercamos al canasto y dejamos la bolsa olvidada en la calle y en la noche.
Dependiendo del ánimo, el residuo es el olvido (o el intento de borrar huellas) con forma de cartas y fotos. Tal vez, sólo retazos de esencias y colores de una cena para muchos o uno.
Pero según cómo se mire, la misma bolsa tiene cerca una nariz adormecida por hastío a repetición. Dos manos hurgando en lo que se quiso reducir a la inutilidad o lejanía.
Dependiendo de lo imperioso que resulte huir de ese olor que cala, la basura empaquetada puede transformarse momentáneamente en una pelota de fútbol.
Y según cómo se quiera recortar la realidad (esa que se construye a pesar de nosotros), el partido en cancha de avenida y faroles de calle tendrá su hinchada en contra. O la simple ignorancia de quien no quiera mirar.
Porque el bochinche de cacerolas es para quienes tienen con qué llenarlas.
