martes 30 de junio de 2009

Virus

Viralesziekten escribe y la naturaleza se vuelve contagiosa. Fiebre tiene él; tenemos todos.
Escribe el tratado y el morbo se propaga más allá de él, al contacto, al agua. El descubrimiento de que existe virus en la tierra. De que los seres humanos de los siglos desean en órdenes cualesquiera y en tamaños varios.
Ensaya una protección lechosa a base de porcelana. Se separa de esa manera de la cultura: extirpación suave para identificar al agente que causa la inyección de electricidad. La preocupación. Las personas.
La comprobación de que un poquito de toxina o de organismo, más que de destierro, se introduce y contamina. La llama atraviesa el filtro y destapa. Expuesto, se desplaza para ser contagioso en otros.
Un punto dibujado en un campo. Después, un mundo detenido en bacteria pequeña. Más tarde, probado y libre, se dibuja acortado por marcas del tiempo.
Llega en el fin que debe ser dicho.
Él no es prueba; se sabe cónyuge. Se siente viscoso.

domingo 5 de octubre de 2008

Azúcar

Lo pensé en esos minutos antes. Le aviso.

Ya había dado los primeros golpes con el índice y gordo, al sobrecito. Otra vez a la altura de la taza. Al principio fue distracción; puedo hasta jurarlo. Era una trapecista que jugaba con el tiempo preciso exactamente anterior a que el vapor humedeciera. Si comisura fuera lo que me causa siempre este ritual suyo.

Tal vez lo sea. Entonces diría que, sujeto a la comisura, olvidé de avisarle. Verla golpear el sobre como si se tratara de la cáscara de huevo. Esa que desconoce porque en rigor de verdad, parecida a la que no dije pero pensé esos minutos antes, quien rompe los huevos suelo ser yo. No por menos bueno. Le impresiona el amarillo.

Perjura cometería si no reconociera que la duda terminó mientras el polvo blanco caía en el café. Apenas dejó de sacudir el sobre con los dedos, mis cabales se desprendieron de la fascinación. El eclipse siempre se rompe igual.

Cortó un vértice y volcó el contenido. Mi camisa blanca hacía juego con el experimento que se había vuelto no contarle. Ver hasta qué consecuencias; últimas y lógicamente previsibles.
Revolvió con la cuchara; yo hice igual con mi té. Miradas más, palabras menos. Dos sorbos, cinco; suyos todos. La espuma en el borde de la taza también, o en especial. Mis ojos bebían sus labios saboreando las últimas gotas. El polvo deslizándose por la garganta, recobrando polvorocidad en el fluir interno.

Varias mesas se habían vaciado y ya preparaba la cartera para levantarse. Lo reconozco, el silencio se habita mejor en casa.

Pero aún con pocas sillas llenas era más público que nuestro comedor con ventanas a la calle. Dejaría de ser divertido cuando se sintiera a sus anchas para gritarme. Le toqué las manos que había apoyado en su rodilla para levantarse del sillón. Y le conté.

Si le decía tele, el asunto tomaría proporciones peligrosas cerca del café que quedaba aún caliente; yo aún al alcance. Sin pausa ni mirada se enteró que por sus caudales sanguíneos fluía en ese instante puro 90 por ciento de azúcar impalpable. Qué irónico, ¿no?, intenté una sonrisa. De lo que uno se entera en los colectivos. Y su palidez inicial se volvía roja ¿furia? En el movimiento de sus pupilas adiviné las calorías que iba calculando.

Negar, parte intrínseca de todo experimento. Divertido no fue verla volcar lo que ella creía era edulcorante; revolverlo, tomarlo. El riesgo, he ahí lo atractivo del asunto. No se lo dije. De haber mirado el reflejo de su cara, entendería que se trataba del riesgo. Imposible confesarlo.

De sus pupilas no pude leer todo, sin embargo. El resultado del cálculo histórico, por ejemplo. Mucho menos las semanas de cenas a fruta y sopa que nos llevarían compensar tanta azúcar impalpable en sangre.