domingo 4 de mayo de 2008

Según cómo se mire...

una bolsa de basura cambia.
Es una nariz fruncida por el olor. Dos dedos en pinza y el brazo estirado adelante mientras nos acercamos al canasto y dejamos la bolsa olvidada en la calle y en la noche.
Dependiendo del ánimo, el residuo es el olvido (o el intento de borrar huellas) con forma de cartas y fotos. Tal vez, sólo retazos de esencias y colores de una cena para muchos o uno.
Pero según cómo se mire, la misma bolsa tiene cerca una nariz adormecida por hastío a repetición. Dos manos hurgando en lo que se quiso reducir a la inutilidad o lejanía.
Dependiendo de lo imperioso que resulte huir de ese olor que cala, la basura empaquetada puede transformarse momentáneamente en una pelota de fútbol.
Y según cómo se quiera recortar la realidad (esa que se construye a pesar de nosotros), el partido en cancha de avenida y faroles de calle tendrá su hinchada en contra. O la simple ignorancia de quien no quiera mirar.
Porque el bochinche de cacerolas es para quienes tienen con qué llenarlas.

sábado 3 de mayo de 2008

Miles de plumas contra el piso

La alarma del reloj sonó y para su sorpresa, se despertó. Aunque, siguiendo el orden lógico en el universo de los colchones, deberíamos confesar que la sorpresa cayó minutos más tarde.
El despertador sonó y ella abrió los ojos. Después, trató de entender por qué no se encontraba en el comedor. Buscó al elefante que masticaba girasoles a su lado pero ya no estaba.
Le dolía la cabeza. Pero eran un dolor y una cabeza que nada tenían que ver con su realidad; la del animal y el comedor. La molestia en la frente se hacía más nítida, hasta volverse aguijonadas en los oídos. Especialmente en el izquierdo.
Los párpados dejaban de resistirse al inevitable destino abierto. Giró la cabeza en dirección al ruido y entendió que la alarma del reloj estaba sonando. Y, ahora sí, se sorprendió. Sacó un brazo de debajo del acolchado y apagó el despertador. Descubrió el otro brazo y abrazó un borde de sábanas y espuma. Le llegó el aroma de otra noche; el-sin-perfume, el simple piel.
Arriba se escuchaban pasos y en la duermevela le pareció que el elefante regresaba. Con un girasol en la boca; y ella luchando entre el calor de la cama y los párpados y brazos ya aireados. Se acordó de que el reloj la había despertado y decidió demorar el primer paso en el suelo para festejar. Esta vez no había sido el vecino golpeando la pared porque la alarma chillaba a toda pila y lo había despertado. A él; el reloj de Josefa lo había despertado primero a él. Ni habían sido los gritos que ella vociferaba en sueños porque alguien tenía algo prendido a todo volumen. Alguien y algo que eran ella y su despertador.
Estiró los brazos sobre la cabeza y tocó la pared con las dos manos. Alargó las piernas rozando las zonas de tela fría. Miró el almohadón que estaba en la punta de la cama; descosido, un poco apeluzado de tantos lavados. Lo levantó apenas con un pie pero, cuando el almohadón estaba a punto de caer, se quedó quieta. Hacía un mes que ya no lo tiraba al piso a fuerza de estarse quieta. Nunca pensó en dejarlo en otro lugar que no fuera la cama: el cosmos de sábanas requería un balance. En una punta, su cabeza con elefantes masticando girasoles y en la otra, un relleno de espuma. Salvo que el-sin-perfume la trajera de las nubes para jugar. Entonces, el almohadón volaba a una silla.
Pero hoy había amanecido con el despertador, el suyo. Sin gritos en la pared o en sueños; sin mensajes de celular con promociones inútiles a las 5 de la mañana. Ella solita y por acción natural de una alarma tenía los párpados abiertos. Dejó caer los brazos atrás de la cabeza, cerró los ojos y estiró una sola pierna un poco más. Movió el dedo gordo y sintió el peso del almohadón bambalearse arriba. Respiró hondo, acomodó la cintura y levantó tímidamente el pie. Un ruido de miles de plumas contra el piso de madera le ahogó el pecho. Suspiró y se levantó.