viernes 28 de diciembre de 2007

Ruido nublado

El cielo no nubló pero el sol empalideció un poco. No lo suficiente para dejar de ser brillos acuosos en el mosaico.
Rayos tenues de luz caían esfumados en el amarillo opaco de la pared. Que al descender habían perdido trocitos de estela. Como un manto de seda deshilachada que al caer extendida se rasgó en las cuencas microscópicas de agua.
La pared disimulaba a la distancia la humedad apenas audible de las nubes. Ya no era agua que había caído. No se dibujaban deformidades grises en el cielo. Sólo quedaban diminutas esquelas de diamante mimetizado en el amarillo opaco.
Las gotas cayeron invisibles. Pero un repiqueteo como ninguno denunció la lluvia. Diferente a la gota de una canilla mal cerrada; ajena a la lagrima que suda un trapo húmedo.
Era el golpe sordo con olor a verde mojado, a barro. Y al susurro que deja si sólo cae sin trueno ni rayo.

jueves 20 de diciembre de 2007

aca(h)eser

Clasifico, luego existen. Época de rótulos a color y diseño de tapa. Pero yo no le encuentro el nombre. Entonces, estas ganas de gritar llanto mientras saco la basura o la risa que me brota con los ojos nubados deben no existir.
Sigo buscando la palabra. Para callar un zumbido que huele a todo lo que no es; a lo que debería ser. El índice hace brújula en el diccionario: pero ninguna letra cubre cuerpos, suena a sombras ni escupe cicatrices. Ninguna me regala el nombre entre la noche y el día. Tampoco entiende que la sangre sin vulcanizarse sabe a agua embotellada. Ni que la piel urge, a pesar de, sin saber a qué aljibe.
Intento delinear bordes y esfumar sombras. Algo así como un definir. Como un crayón que suavice estos vértices de sonrisa mojada en sal. Recuerdo que tenía uno color rojo, chiquito y gastado. Abro y cierro los párpados como un algodón para esfumar las líneas que intenté dibujar y engañarme las asperezas de no saber. Las gotas caen en las pestañas y el crayón se pierde. Las fronteras se derriten.
Tal vez, el lápiz quedó debajo de la cama. Pero no quiero agachar la cabeza porque ahí guardo los cajones de mi Dalí en Venus; que se abren cuando quieren. Hoy, yo no quiero.
Y otra vez el límite mortal de noche y día: porque olvido que el sol y la luna simplemente se opacan. Se alternan sin quererlo y sin borrarse.
Y todavía no le puse nombre a la obra de barro en los pies y llagas en los ojos.
Vuelvo a hundir el brazo hasta la garganta y por ahora, no consigo más que este desvarío de palabras inacabadas. El nombre no aparece. Estará debajo de la almohada pero no miro porque los sueños pueden humedecer más de lo que tolero. Por eso sigo en pugna con ese embrujo que se dice alma. Con turbante de relojes ajenos y algo de duermevela con destino incierto.

miércoles 19 de diciembre de 2007

Bicitur

Este verano, Buenos Aires renueva su oferta turística y la nueva modalidad para recorrer la ciudad es el bicitur.
Montados en bicicletas, los turistas recorren las calles del centro para vivir un momento de pura adrenalina en la hora pico.
Por este motivo, si al salir de la oficina casi lo atropella una bandada de ciclistas, no se emocione. No es una moda ambientalista. Y sonría; colabore con la Asociación de Agencias de Viaje porque Ud. es parte del paisaje. Salude.
Semáforos en rojo que no se respetan, transeúntes que cruzan a mitad de cuadra, caños de escape que escupen negrura. Minutos de tensión extrema arriba de una bicicleta.
Como parte de las mejoras a la infraestructura turística, hemos contratado promotores viales apostados en las esquinas más emblemáticas del tráfico porteño. Su tarea consiste en mantener el dinamismo y participación del paisaje; es decir, Ud.. A cambio de una estadía de fin de semana, los promotores le solicitarán que vocifere un insulto (con moderación) o arroje algún papel en la calle. Recuerde este aviso de la Asociación de Agencias de Viaje y colabore con nosotros.
Debemos advertir, sin embargo, una práctica desleal por quienes no forman parte de nuestra prestigiosa membresía. En un intento por captar los contingentes que visitarán Buenos Aires este verano, algunas agencias de viaje ya están ofreciendo una variante de experiencia límite: el recorrido sin casco ni rodilleras. Con esta opción, el cliente obtiene mayor exposición durante el viaje mientras se le garantiza escasas probabilidades de recibir una multa.
Otro combo promocional sube un poco más la apuesta a la aventura citadina: la opción de depositar sumas de dinero en un banco argentino.
Andru

lunes 10 de diciembre de 2007

Trae noche

Cae la hoja que desnuda otro calendario; no el mío. Ese quedó varado en unos labios que ya no reconozco. Y quiero un viernes con palabras que sepan a flores silvestres. De esas que hablan de corazones extasiados.
Pero hoy sólo me toca el hambre de letras que no lloren.
Las fechas son peces sin red. Se escurren de las manos en ese instante que se parece a tener. Y ahí resbalan con una sonrisa que yo les dibujo. Y me dejan cayendo en mi propia mar salada. Con el sabor a que otros serán los momentos con olor a carmesí.
O tal vez, no. Le cuesten a tus ojos encontrarme. O le cuesten a mis manos dejarse caerte.
O equivoco el camino y la ruta sea de otros surcos. Y ya sea tiempo de prender una vela.
O permitirme caer una noche otra, sin querer buscar una respuesta mejor. Soportar el estar y tal vez, entonces golpeen la puerta.

domingo 9 de diciembre de 2007

Diciembre

Diciembre y sus arbolitos, guirnaldas cargadas de lágrimas, juramentos rotos y nuevos. Las ganas de que estés. Los cartelitos en idiomas que alguien entiende y esa pieza del pesebre que llena la ausencia de los abuelos. El ¡cómo pasa el tiempo! en las esquinas. Me imagino las agujas de minutos sobrevolándonos hasta este hoy. Pero en algún lugar una puerta se abrió con olor a Falcón y le quitó un hilito a la cola del cometa. Él sigue silenciado en esas garras de raíces podridas que extienden laberintos al sol.
Diciembre. Las lucecitas de colores para olvidar que te extrañamos. Mi no me acuerdo cuándo creía en Papa Noel. Las ganas de volver a juntar pasto para los camellos. La piel que duele porque sé que no vas a abrazarme. Escucho los números que abultan la ausencia; un año y tantos meses sin. Pero para la esposa de un albañil, para unos hijos, ese tiempo debe haberse perdido en un paréntesis cargado de incógnitas y puños cerrados al viento. Habló y sobre él cayeron sábanas del no-se-dice. Abrió un minuto de silencio que amenazaba con sangrar oídos. Pero a tiempo llegó el relleno de elecciones, inseguridades, precios fatuos e inflaciones que no alimentan.
Diciembre y el rojo en las puertas. Las manos cargadas de bolsas. Las ganas de pensar en todos; de darles las gracias en forma de moños. Jugar a que una pestaña se refleja en una pelotita dorada. Los resúmenes que hacen ruido en la televisión. Cargados de números sin alma y reproches sin ganas de cambio. Mientras el ¡cómo pasa el tiempo! se desviste de calendarios en los cartones de la calle Florida.
Andru

lunes 3 de diciembre de 2007

Abrelatas

El abrelatas muerde el borde de metal. Se oye un suspiro del aire liberado.
Pero también de sus labios, los de Lourdes. Relajados en el secreto rojo de los mosaicos de la cocina. Mira sus manos mientras da el primer giro del abrelatas. El esmalte negro en los dedos pálidos le devuelven las teclas del piano. Las que él acaricia a ojos cerrados en los conciertos. Las que ella se sueña ser.
La segunda vuelta le da más trabajo.
Cierra los ojos; mueve los dedos ahora estirados como si el aire fuera ese instrumento con el que ella quiere disfrazar su cuerpo. Blanco y negro; amorfa resistencia que él conoce vencer a cuerdas. Lo escucha en el comedor; se enciende el equipo de música en un ritmo que no es sinfonía.
La lata se abre despacio; ya muestra tímidamente el contenido y se le hace azúcar la boca.
Quiere hincar su piel de trigo como este abrelatas; a giros descubrirle lo no dicho. Superar este constante paso en falso que son las primeras horas, las siguientes miradas.
Una vuelta, sus miedos y manías. La segunda y las fantasías que lo erizan. Saber de qué color regalarle los labios entre el quinto y sexto giro. Tal vez, morderle la boca de trazo de tinta china. Y contarle cómo quiere ella el café; encontrar qué lo irrita a él.
Los acordes incoherentes la devuelven a la piel de trigo en el comedor. El abrelatas libera el metal. Desde el marco sin puerta de la cocina, ella lo mira tocar una guitarra de aire. Pero no encuentra las teclas blanco-negro que envidia. Otra vez, se le escapa desconocido.
Vacía la lata y la tira. Él abandona la guitarra de aire. La voz del equipo se pierde bajo sus tonos desafinadamente orquestales. Ella frunce el seño en el mismo rojo secreto, soportando el mal canto. Ya no está el piano que ella busca dibujar en piel.
Vuelve el paso en falso; ese abismo de trigo, ojos amplios y manos pentagramadas.
Tira el abrelatas a la basura. Se zambulle más allá de los mosaicos de la cocina. Al pianista desafinado.
Andru

sábado 1 de diciembre de 2007

Fotografía I

Una mañana de sol verano, de este raro noviembre de todavía abrigos; de sábanas que aún gustan envolver.
Un temprano que es posterior a las panaderías. Pero antes de las rejas otras, las con ropa, zapatos o herramientas. La lente de la cámara que invento cercada por la ventana en colectivo, a lejos porque se ocupan los asientos.
Y moverse en esas ruedas de olor al sueño que se despide sin ganas; de no querer los ojos bien abiertos. Y tan pronto como siempre, el redondo rojo que detiene la marcha. Aleja el arribo a computadoras en corbata y deberes seres; un gracias.
Calle donde el colectivo aguarda al verde. Vereda de poca gente y menos durmientes callejeros. Quizá porque los locales en este cemento detenido son puro frente: refugio imposible en la noche impía.
Excepto este hueco a dos vidrieras de un colosal con música en venta; camas de dos plazas sin resortes. Para tres que se desdibujan bajo papel marrón y retazos de tela. Y un silencio que golpea la ventana del colectivo.
Semáforo en rojo que no quiere desteñirse amarillo. Los ojos que aún entre duermevelas reconocen. Ahí, seis pies bajo cama de improvisadas plumas con cartón. En la entre-vidriera de allá lejos.
Y el colosal con música en venta resguardado de sueños descalzos. Porque la puerta de vidrio se regala cabecera de estos dormidos. Atrás, adentro, abiertas las fauces con colmillos a forma de imagen; tamaño real. Imagen de un hombre mirando al frente; en altura los brazos, garras simuladas en las manos. La cara plasmada con cejas fruncidas, un grito rencoroso congelado en los labios. Afuera, abajo, tres ronquidos silenciados por ser nada.
Inofensiva y supuesta ferocidad. Cobra dimensión oculta cuando del lado externo, el vidrio refugia las sombras del día.
O pura coincidencia.