El cielo no nubló pero el sol empalideció un poco. No lo suficiente para dejar de ser brillos acuosos en el mosaico.
Rayos tenues de luz caían esfumados en el amarillo opaco de la pared. Que al descender habían perdido trocitos de estela. Como un manto de seda deshilachada que al caer extendida se rasgó en las cuencas microscópicas de agua.
La pared disimulaba a la distancia la humedad apenas audible de las nubes. Ya no era agua que había caído. No se dibujaban deformidades grises en el cielo. Sólo quedaban diminutas esquelas de diamante mimetizado en el amarillo opaco.
Las gotas cayeron invisibles. Pero un repiqueteo como ninguno denunció la lluvia. Diferente a la gota de una canilla mal cerrada; ajena a la lagrima que suda un trapo húmedo.
Era el golpe sordo con olor a verde mojado, a barro. Y al susurro que deja si sólo cae sin trueno ni rayo.
Rayos tenues de luz caían esfumados en el amarillo opaco de la pared. Que al descender habían perdido trocitos de estela. Como un manto de seda deshilachada que al caer extendida se rasgó en las cuencas microscópicas de agua.
La pared disimulaba a la distancia la humedad apenas audible de las nubes. Ya no era agua que había caído. No se dibujaban deformidades grises en el cielo. Sólo quedaban diminutas esquelas de diamante mimetizado en el amarillo opaco.
Las gotas cayeron invisibles. Pero un repiqueteo como ninguno denunció la lluvia. Diferente a la gota de una canilla mal cerrada; ajena a la lagrima que suda un trapo húmedo.
Era el golpe sordo con olor a verde mojado, a barro. Y al susurro que deja si sólo cae sin trueno ni rayo.